Kraftwerk

Photo Credits: Boegh
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El muchacho tiene barba incipiente y habla en inglés. Le dice una frase inaudible al vecino. En ese instante, Catalina se mete entre los dos y se sube al banco. Ambos la miran sorprendidos. Ella es escurridiza y les gana de mano. Él le cede el banco y se ríe. Como un mago de la mañana, saca de su bolso-galera, un papel. Le muestra. Ella sigue el movimiento de las manos. Le señalo el disco. Me dice que es de un grupo de funky.

Yo estoy parado en el andén. Espero el tren citadino y dejo que el viento suave levante mi bufanda liviana. El frío envuelve los cuerpos como una música densa y gris.

Me llamo Karl, dice, y estira su mano. Cordial, lento, tranquilo, me cuenta que vive en las afueras de Düsseldorf, cerca del palacio de Benrath, a unos pasos de la estación de trenes. Por las noches escucha el rumor de acero en las vías y sueña que viaja por la noche. Es una música nocturna, dice, y mira el cielo encapotado. Catalina se baja del banco. Karl la sigue con los ojos oscuros. ¿Es su hija? Yo muevo la cabeza como única respuesta.

Le pregunto por los discos. Me explica que son extranjeros. De Francia, dice. Y se acomoda la bufanda. Miro hacia el horizonte hecho de vías, postes y cables. El tren, por única vez, está demorado. Viene desde Köln. Karl dice que no suele tardar. El orden es fundamental. Así son los alemanes, se ríe y mueve la mano con el disco. La cubierta es ancha y de cartón. No puedo no recordar mi azul caja con discos: la clara luz de la mañana que golpea en los lomos finos de los discos, el tocadiscos, la púa hermética, el silencio luminoso antes de la tormenta.

Estos discos son una reliquia. No se consiguen fácilmente, dice Karl, de repente, frente a las vías solitarias. Estamos él, mi hija, y yo. Mi padre es alemán pero mi madre es de África. Por eso domino el inglés. Viajo con frecuencia para allá. Cerca de mi casa paterna ensayaban los Kraftwerk.

Esto parece irreal, pienso, y digo para mí mismo, en un murmullo, es el grupo que fundó la música electrónica. Karl no me escucha.

Ahora recorre los rieles, como si contara los metros. Tararea una canción.

¿Ensayaban cerca de tu casa?

Displicente, sosegado, Karl dice que es lo más normal aquí, son los héroes de la ciudad. Yo no puedo sacarme de la cabeza la idea de que Düsseldorf fue demolida después de la guerra. La ciudad necesitaba unos héroes modernos, fríos, desligados del pasado inmediato. La electrónica, la robótica, el asedio de la tecnología eran el mejor pretexto para deshumanizar el fango de la historia.

Me cuenta que trabaja en una casa de refugiados. Karl advierte en mi rostro la sorpresa. Risueño, y después enfático, agrega que pone música en el salón de los extranjeros. Imagino la escena. Adultos y niños alrededor del equipo de música. Karl inicia la sesión con la púa. El disco gira y el funky inunda la sala. Algunos se animan y bailan. Mientras Karl ensaya su dosis de solidaridad, en una ciudad cercana queman el edificio como rechazo a los refugiados.

Llega el tren. Karl sube con el bolso y los discos. Catalina lo mira con curiosidad. Karl sonríe desde su butaca azul. A los minutos nos bajamos en la terminal de trenes. Me doy la vuelta y ya no lo veo. Se ha perdido en la multitud. La música de Kraftwerk se ha ido con él.

POR FABIÁN SOBERÓN ·@FABIANSOBERON