Los diarios

Photo Credits: Rodrigo Ruiz Ciancia
Photo Credits: Rodrigo Ruiz Ciancia
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a Ricardo Piglia y Andrés Di Tella

Estoy sentado en una especie de living, con unas bibliotecas bajas cubiertas de fantasmas diurnos. Me paro y reviso los lomos multicolores. No hay nada que se parezca más al placer que la observación secreta de la biblioteca del otro. Al lado de un estante, está el televisor apagado. Encima de las maderas hay objetos y papeles sueltos.

Piglia está en a la cocina. Ha prometido uvas y nueces. Luego sale al pasillo y se mete en un cuarto interno. Desde allí me llama. Sólo escucho los pasos que se anudan en el piso liso.

Aún no está enfermo. Solo tiembla su dedo. Durante la conversación me ha indicado que el dedo padece de un inusual extravío. Le ha dedicado unos minutos a la explicación minuciosa. Ha hecho un chiste con eso.

Camino hasta el cuarto. Piglia revisa unos papeles que ha dejado en el escritorio.

Vení, me dice. Mirá.

Levanta su brazo y luego me alcanza un cuaderno. Apenas lo toco. Me pide con la mano que se lo devuelva.

Ya lo tiene en sus manos.

Es mi diario, dice. Este es uno de los muchos cuadernos. Los estoy revisando.

Lee un fragmento. Me quedo inmóvil, como si no quisiera que nada interrumpa su voz.

Tengo que leerlos a todos, sigue.

Espío por los costados. Hay cuadernos amontonados.

Mira acá, por ejemplo, dice. Este tiene unos papeles adentro. ¿Qué dice?

Lee. Retórico, se ríe.

Yo también me río, como si quisiera apoyar con mi risa su broma privada.

El fotógrafo está a nuestro lado. Lanza chispazos eléctricos todo el tiempo.

Aún no sé qué ha captado un instante que guarda una sombra del futuro.

La entrevista termina.

Piglia propone un paseo, breve, una excursión literaria.

Caminamos hasta la librería de la vuelta. Entramos. El vendedor le hace un chiste. Piglia se ríe y retruca.

Me alejo. Estoy, de nuevo, solo entre los volúmenes que me siguen como fantasmas felices.

Piglia se pierde, también, en los estantes.

Ese es su mundo, pienso. No quiere salir de ahí. A veces, yo tampoco.

Después sabré que el veneno de la enfermedad ataca sin compasión. Por eso prefiero quedarme con la imagen reciente. Él ya ha escrito en los cuadernos la mirada de Renzi sobre su vida. Ahora busca en un estante alto un libro imposible, ese que contiene una zona utópica, la versión escondida de la literatura del futuro.

por Fabián Soberón
@fabiansoberon

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