Liberalismo con tolerancia

Pubblicato il 14 marzo 2017 da Kristy López Spitschka

Kristy López Spitschka

La democracia, “el gobierno de todos”, es el sistema ideal para el liberalismo político, porque no solo incluye la mayoría y minoría, sino que permite a los miembros de una sociedad resolver el conflicto (sin violencia) que nace en grupos por intereses contrastados. Tal como lo expone el filósofo, Norberto Bobbio, en su obra El filósofo y la política (1995), “hacer menos grande la desigualdad entre quien tiene y quien no tiene” (pág. 151).

La democracia liberal es la que permite un “escenario común”, como lo expresa la filósofa Fernanda Guevara Riera en su ensayo “De la tolerancia liberal como compromiso”, publicado en el blog Perplejidades de América el 19 de septiembre de 2016, para minimizar las desigualdades, la discriminación y falta de tolerancia en la sociedad, “es aquel sistema que dota de las herramientas más refinadas a los integrantes de una polis para que éstos, en posesión de un “escenario neutro” como mínima moral, reflexionen sobre el alcance de sus visiones del mundo”, resalta.

La comunidad humana requiere de puentes sociales, no de muros, para que quien sostenga la mirada compartida en lo social pueda intervenir como mediador de las partes a fin de que, se llegue al consenso sin necesidad de la violencia.

Sin embargo, para alcanzar un consenso se requiere de un mediador que reconozca y respete -en un mismo ambiente- las ideas y creencias de los demás, pese a que contrarían a las individualidades. Es entender que “pensar diferente” es eso; tener la opción de ver el objeto analizado de forma distinta. Es escuchar sin rechazar; sin oponerme, sin rebatir e impugnar el punto de vista divergente, porque escuchar sin rechazar es la prueba que permite estimar la reflexión del otro para que este profundice su pensamiento, siempre apuntando a “repensarse”. En pocos términos, significa menguar para que el otro crezca lejos de un silencio distante.

La práctica de la democracia liberal como individuo incursiona en el ejercicio de considerar los puntos de vista que difieren de su estructura mental. De esta forma, alcanzamos deliberadamente la comprensión de las perspectivas cotidianas de otros, desactivamos nuestro juicio de valor y apuesto a la mediación, la validación y afirmación de los puntos de encuentro. Entendemos que en la multiplicidad de las ideas está la sabiduría. De esta forma, alcanzamos el acto épico contemplado dentro del liberalismo conocido como tolerancia.

La tolerancia como valor intrínseco evidencia que dependemos de otra mirada para crecer y aportar soluciones, porque un punto de vista no se construye cuando el hombre se aísla, todo lo contrario, este se crea cuando en la pluralidad del pensamiento, se concreta la solución compartida, se comprenden – aceptan las debilidades y hasta discrepancias del otro pensar. En palabras de Guevara Riera, es donde “reposa la posibilidad de edificación de un sujeto de mirada perpleja, alterna e itinerante capaz de reconocer en la existencia del otro a “un otro igual” y, a su vez, es en donde se sustenta e impulsa la necesidad de construir un ethos compartido”. Por tanto, la tolerancia se construye todos los días.

Pero, ¿qué puede esperar el hombre de una sociedad que practica la tolerancia liberal como compromiso? En primer lugar, tendrá la garantía de alcanzar las salidas constructivas de los conflictos sociales, propios del crecimiento y transformación constante de la sociedad. Las “enfermedades sociales” como represión, violencia y rechazo tendrán su antídoto porque evidentemente cuentan con hombres repensados capaces de analizar en contextos neutros una salida que signifique la pluralidad del pensamiento.

En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, se promueve una polis sana; una comunidad humana que se identifica con los líderes y agentes repensados porque se han rediseñado para obtener la mejor salida a los conflictos individuales y colectivos, e incluso desaparecen los espacios que promueven la nulidad en la polis.
En tercer lugar, la práctica de la tolerancia, del “ethos compartido” promueve la eticidad, es decir, el carácter ético-moral del individuo en la sociedad que, en consecuencia, se compromete a valorar cualquier punto de vista del individuo. Con ello, el líder se aleja de la construcción social por pacto, ese compromiso obligado a escuchar y conversar con el otro sin la mínima intención de un reconocimiento igualitario.

Finalmente, el hombre que crece cuando la sociedad decide pensar de otro modo y adquiere la tolerancia liberal como compromiso, desarrolla el areté; excelencia, virtud, nobleza… cualidades que demandará de sus gobernantes como estrategia de conducción y resolución de conflictos en la sociedad.

Sin embargo, la libertad del individuo se ha asumido como la oportunidad para invalidar a quien tiene una visión distinta de la realidad, desaprovechando la ocasión para sumar en lugar de restar. Se intenta consistentemente marcar brechas y hasta se vulnera el derecho del otro. Pero es necesario detenernos a pensar que tener el liberalismo con tolerancia, como forma de vida, es construir la sociedad que tanto anhelamos, pero que hundimos en críticas y desavenencias.

Hemos adoptado la mirada distante como mecanismo para actuar frente a lo que padecemos. Aprendimos que la apariencia de piedad nos ayuda a solventar momentáneamente cuando requerimos una solución, pero llevamos en nuestro interior la inconformidad de que estamos “aguantando” la causa, mas no tolerando, en consecuencia, dejando de crecer.

Lo relevante de asimilar la tolerancia liberal como compromiso, parte de lo que se construye en el hombre individual y colectivo. Por lo tanto, requerimos hombres de valor que se atrevan a dignificar la vida de la comunidad humana, disminuir las desigualdades y favorecer lugares comunes para transformarnos de individuos a sociedades éticas conductoras. Es imperante no hacerse cómplice de la disminución de la capacidad de razón, por tanto, negarse a ser universal. Para ello, requerimos la perspectiva con itinerancia.


Referencias bibliográficas:
Guevara Riera, Fernanda (2016, junio 19). “Tolerancia liberal como compromiso. “Perplejidades de América” (blogspot) http://lasperplejidadesdeamerica.blogspot.com/2016/09/de-la-tolerancia-liberal-como-compromiso.html
Bobbio, Norberto. El filósofo y la política. Año 1995, pág. 155

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Kristy López Spitschka

Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo (UCAB - Guayana, 2005) Estudiante de Filosofía, mención Filosofía de la Práctica (UCAB – Guayana, 2017) Coordinadora adscrita al Centro de Asesoramiento y Desarrollo Humano (CADH) de la UCAB - Guayana Profesora de la Escuela de Comunicación Social de la UCAB – Guayana en área de gramática, producción textual, literatura, periodismo y ética comunicacional.
Parto desde la premisa de que la reflexión desde y para la sociedad demanda visualizar perspectivas que implican la renuncia a las verdades legitimadas y la promoción de escenarios neutros que auspicien el nuevo pensar, el ethos compartido. Intento, desde y para las aulas universitarias, reflexionar sobre el pensamiento tolerante desde las visiones filosóficas, a fin de propiciar la eticidad en la comunidad humana. Procuro fomentar la evolución del pensamiento a través de las perspectivas, de la itinerancia.