La cancha de fútbol

Cancha de Fútbol
Fabián Soberón
Cancha de Fútbol
Fabián Soberón

Mi papá me lleva a una cancha de fútbol. El calor sube por los árboles y por mi espalda. Es una tarde asfixiante, tórrida, insoportable. Los hinchas se amontonan como insectos en una columna de luz. Los puestos de comida barata abundan en la entrada de tierra. Hay pocos autos. Motos y bicicletas taponan la puerta principal. Algunos chicos corren desaforados. Los vendedores gritan y ofrecen los pobres vasos de gaseosa sin gas, choripanes secos y fríos, facturas y bollos del día anterior. Mi papa saluda a unos hombres viejos, conocidos del barrio. Todos le dicen jana y él solo se ríe y emite un sonido breve y lejano. Su boca se agranda, apenas, y una blancura pequeña sale entre los dientes.

En la cancha un murmullo áspero y penetrante perfora mis oídos. Es la primera vez que entro a un sitio así. Mi papa ni se inmuta. Está habituado al ruido espeluznante. Es su medio habitual. Una atmósfera húmeda se respira entre los cuerpos. El sudor, el olor a brasa fría y distante, el zumbido persistente.

Me siento. Y percibo las butacas ásperas, la gente que grita, la humedad que emana de los cuerpos y del aire que respiramos, el rápido golpeteo de los pies en las gradas, la gente que se arremolina como en una enjambre buscado.

El estadio es pobre y la miseria casi se respira como el humo de los choripanes. Los árbitros entran al estadio y los gritos se agolpan a los costados. Los insultos y las escupidas son muchas.

Siento, por única vez, que el mundo me es ajeno.

El partido se inicia y mi papá se pierde. No le cuesta nada. Así fue toda la vida. Pero aquí es distinto para él. Está en su hábitat.

Años después, en un auto que cruza la fronda enloquecida y silenciosa del parque Avellaneda, mi mamá me dice que mi papá ha sido un snob. Yo lo imagino como a un despreciado y lúgubre Oscar Wilde de los suburbios, un pobre dandy perdido en los yuyos del monte.

Ese dandy norteño, ese snob que se cortaba el pelo con un coifeur del centro, se trincaba a las morenas valientes y deseosas del sur mientras nosotros íbamos a la escuela y mirábamos los dibujos en blanco y negro.

¿Dónde está el snob, ahora, mientras mi hijo mira la tele en colores?

Bajo tierra.

Fabián Soberón
fabiansoberon