El orgullo de llamarse Sylvia

Orgullo gay (Foto Flavia Romani)

Al nacer lo llamaron Ray. Sin embargo, desde muy temprana edad, Ray Rivera supo que ese nombre no se correspondía con su sentir, que en ese cuerpo de varón habitaba una mujer. De padre puertorriqueño y madre venezolana Ray conoció el dolor siendo todavía muy pequeño. El padre, violento, lo abandonó casi recién nacido y la madre se suicidó cuando tenía apenas tres años. Quedó bajo los cuidados de la abuela venezolana quien miraba con repugnancia a la niña que asomaba en el cuerpo de varón de su nieto. A los 10 años lo echó de su casa. La calle, con su dureza se volvió su hogar, la prostitución el medio para sustentarse.

A pesar de todo Rivera no se dejó amedrentar y, no solamente aceptó su transexualidad, sino que decidió vivirla abiertamente y sin temor. En el mundo de los Drag Queens encontró apoyo y cariño. Allí se transformó en Sylvia y empezó a luchar para cambiar una mentalidad obsoleta que juzgaba y rechazaba a los gay, a las lesbianas, a los transexuales y en general a todas las minorías.

Se volvió una aguerrida activista. Junto a su amiga Marsha P. Johnson estuvo entre los fundadores del Gay Liberation Front, la Gay Activist Alliance y el STAR (Street Transvestite Action Revolutionaries), organización dedicada a ayudar a las transexuales sin techo. No solo, también participó en las luchas contra la discriminación racial y al lado de las feministas.

Innumerables veces Sylvia fue víctima de los abusos de la policía. Era una asidua frecuentadora del bar Stonewall, en Nueva York. Allí, donde se reunía la comunidad LGTBQ de esos años, tuvo que tolerar las agresiones constantes y gratuitas de los agentes. Hasta que una noche, el 28 de junio de 1969, tras una redada particularmente violenta, Sylvia y su amiga Marsha decidieron reaccionar y lanzar una bomba molotov preparada en el momento con los tragos que estaban tomando. Fue como lanzar una cerilla en un pajar. Las heridas dejadas por las humillaciones, vejaciones y violencia se transformaron en una fuerza que unió a toda la comunidad gay y trans y la policía, en minoría, tuvo que atrincherarse para defenderse.

Ese momento marcó el comienzo de un cambio irreversible. La comunidad LGTBQ entendió que no tenía que mantener la cabeza gacha, que podía luchar por sus derechos siempre y cuando lo hiciera unida.

Al año siguiente el Orgullo Gay tomó las calles de Nueva York en una primera marcha que pronto inundó las de todo el mundo y que se repite año tras año.

Pasaron cincuenta años desde ese primer momento en el cual Sylvia, Marsha y much@s otr@s dijeron basta. Sylvia murió a la edad de 51 años pero su legado queda más vivo que nunca. Y, más importante que nunca. 

Stonewall fue una piedra miliar en la historia de la comunidad LGTBQ. Muchos derechos se han conquistado desde ese momento y crece el número de países en los cuales son aceptados los matrimonios gays y las parejas homosexuales pueden adoptar a un niñ@. Sin embargo el camino a recorrer es todavía muy empinado.

Según el último informe de Homofobia de Estado realizado por ILGA (International Lesbian, Gay, Bisexual, Trans and Intersex Association) en el mundo todavía hay 67 países en los cuales las relaciones homosexuales consensuales entre adultos están prohibidas por ley. En esos países los delitos son tipificados como: «delito contra natura», «conducta inmoral», «sodomía», «promoción de valores no tradicionales», «violación al recato» y la pena, en 21 de ellos, varía entre los 10 años y la cadena perpetua.

La proliferación de gobiernos de derecha y populistas, así como la influencia creciente de las religiones en la política y en la sociedad, están poniendo en crisis conquistas sociales hasta en naciones en las cuales se consideraban ya adquiridas y seguras. En Estados Unidos el Presidente Trump, desde que asumió la Presidencia, declaró guerra a los trans. En su afán de invisibilizarl@s ha tratado de prohibirles el ingreso en las Fuerzas Armadas. También quiso determinar que, para efectos de reconocimiento oficial y durante toda la vida, se definiera el género por el sexo de una persona al nacer. Esa ley tendría un impacto demoledor en casi un millón y medio de personas quienes a raíz de operaciones o sencillamente de una escogencia personal han decidido asumir un género diferente al de nacimiento.

La administración Trump trató asimismo de revocar la norma que permite a los alumnos transexuales la elección de ir al baño de hombres o de mujeres según su preferencia, generando una situación extremadamente incómoda para los estudiantes transgénero. Y finalmente quiso anular la norma que castiga la discriminación en el ámbito de la salud. Según un estudio de Human Rights Watch el 70 por ciento de los trans en Estados Unidos ha experimentado algún tipo de discriminación en el sistema sanitario.

En estos días los diplomáticos norteamericanos en Brasil pidieron el permiso de levantar la bandera del arco iris en los consulados y embajadas de ese país en solidaridad con la comunidad LGTBQ que está viviendo una situación muy tensa desde que asumiera la presidencia el ultraderechista Bolsonaro con el apoyo de la iglesia evangélica. Por primera vez en muchos años, la respuesta de Washington fue negativa.

Lejos están los tiempos en los cuales Estados Unidos era considerado el bastión de los derechos de trans y homosexuales de todo el mundo.

Se van desdibujando las palabras que pronunció Hillary Clinton en 2011 en las Naciones Unidas, cuando dijo: “Los derechos homosexuales son derechos humanos y los derechos humanos son derechos homosexuales”. Lejos están también los tiempos en los cuales el Presidente Obama impulsó leyes vueltas a ampliar y consolidar esos derechos.

Hoy, a cincuenta años de Stonewall, la comunidad LGTBQ enfrenta una nueva oleada de intolerancia. Sin embargo, si algo quedó de ese lejano 28 de junio, si algún legado nos dejó Sylvia, es que hay que luchar unidos y organizados.

Solo así todas las minorías, la sociedad entera, podrán reclamar el derecho a tener derechos.

Mariza Bafile