Covid-19, Montesanto: “Un monumento para no olvidar”

El artista italo-argentino al lato del su monumento
El artista ítalo-argentino, Andrés Montesanto, al lado de su escultura en honor a los galenos

MADRID – Un monumento en honor a la labor del personal de clínicas y hospitales. Dos manos unidas en un aplauso, en reconocimiento a los médicos y enfermeros en la primera línea de combate contra la covid-19. En el centro el vacío que dibuja el perfil de un sanitario, para recordar a los ausentes. Decimos, a los tantos héroes anónimos que antepusieron el bienestar de los demás al proprio. Inaugurada hace no mucho, la obra, alta dos metros y realizada en cemento, está expuesta al ingreso de la sede del Colegio de médicos de Málaga.

– La memoria suele ser muy corta – nos dice el artista ítalo-argentino, Andrés Montesanto, autor de la obra -. En los telediarios se decía que después de la pandemia íbamos a ser distintos, que íbamos a cambiar, que íbamos a comprender lo que es el sentimiento de humanidad… Dejado atrás el miedo inicial, comenzamos a olvidar todas las buenas intenciones. Era lo que me temía. Entonces, comencé a preguntarme: “¿Qué hacer para que los aplausos se mantengan y se recuerden para siempre?”

Fue así como nació la idea de un monumento en honor a los sanitarios. Un monumento que evocara aquellos aplausos que, desde los balcones, acompañaron cada tarde de nuestro encierro. Una obra que fuera capaz de inyectarnos un renovado optimismo y al mismo tiempo representara un tributo a la labor de los sanitarios.

– Hice un diseño muy simple; más simple imposible – continúa Montesanto -. Desde el primer momento, pensé en una escultura que pudiera colocarse en la puerta de cada hospital del país; en una obra que fuera un recordatorio de lo que nos había pasado. Estuve conversando con algunas instituciones. Ninguna mostró interés hasta que hablé con el Colegio de médicos. La idea gustó de inmediato. La obra ha tenido una aceptación y una repercusión impresionantes.

– ¿Qué quiere expresar con ese monumento?

–  Como dije, la escultura es muy sencilla – admite con humildad el artista -.  Son dos manos aplaudiendo. Siempre hago esculturas con un espacio vacío en el medio. Representa a los ausentes; a los que ya se han ido. En esta ocasión, me dije, voy a hacer a los que, con un sacrificio impresionante, han hecho todo lo posible para que nadie se fuera. Es decir, a quienes se esmeraron para reducir al mínimo el número de víctimas por coronavirus. Tomé el perfil de una médica quien le está cogiendo la mano al enfermo. La actitud es de resignación. Pareciera que el enfermo se le está yendo y entonces le coge la mano para acompañarlo. Mucha, muchísima gente de mi generación se ha ido sola. Sin que nadie pudiera acompañarla… Ha sido dramático. Quise representar ese gesto de humanidad. Dos personas solas: una trabajando, dando lo máximo, y la otra abandonando este mundo. Sola, lejos de su familia. En silencio, sin ninguna muestra de afecto. Eso fue lo que quise representar al realizar ese perfil en el vacío. Lo expliqué en el acto de inauguración y todos los presentes se emocionaron.

 

Covid-19, sentimientos de frustración

Andrés Montesanto es médico, una profesión que no deja espacio para la jubilación. Por eso, nadie mejor que él para entender e interpretar los sentimientos y las frustraciones de los galenos. Convivir con la muerte. Es la constante lucha por la vida que a veces se gana y otras se pierde. Por eso preguntamos:

El escultor junto a su obra el día de la inauguración (Foto Javier Albiñana)

– ¿Cómo vivió Usted esta experiencia dramática que nos hace remontar con la imaginación a épocas pasadas, cuando la medicina era ajena a los adelantos de nuestros días?

– Tengo 72 años – nos dice -. Estoy en el grupo de riesgo. Aún así, siendo médico especialista en salud pública, me ofrecí de voluntario. Por mi edad, fui dejado al margen… Por lo tanto, viví estos meses como el jugador retirado que todo lo ve desde la tribuna.

Reconoce que la primera semana de cuarentena se sintió “oprimido, como un preso”.

– En esos días – añade – me dediqué a ordenar mi biblioteca. Después empecé a escribir. De hecho, escribí una novela. Por lo tanto, estuve ocupado todo el tiempo. Cuando se pudo comenzar a salir, tuve miedo de hacerlo. Estaba muy cómodo en casa. Algo sorprendente en mi caso.  Soy una persona que gusta viajar todo lo que puede. Ahora, ya ni pienso en un avión. Me he acostumbrado a estar sentado frente a un ordenador, a seguir escribiendo.  Ya voy por mi segundo libro. Me asombra la capacidad de adaptarnos a las nuevas situaciones.

 

Hijo de calabreses

– Usted es ítalo-argentino, ¿Por qué decidió emigrar a España?

– Vamos a ver…

Montesanto, como todo argentino que se respete, es buen conversador. Nos sorprende, por lo tanto, la larga pausa que sigue a sus palabras. A veces, los recuerdos nos traen nostalgias y estas nos conducen a la reflexión.

–  Soy hijo de calabreses – prosigue -. La inmigración italiana, en la época de mis padres, zarpaba en barcos llenos de gente pobre, pobrísima. Gente con muy poca educación, pero una gran gana de trabajar. Mi madre había ido algún año al colegio. Mi padre no. Tenía que ayudar en las tareas de campo. Bueno, fueron a Argentina. En aquel entonces, era un país maravilloso…

– Todavía lo es…

– No, ya no – comenta con amargura -. Las condiciones han cambiado. Digamos que la casa sigue siendo la misma, pero los que la habitan han cambiado. Como decía, Argentina era un país en el cual todos los inmigrantes lograban encontrar un trabajo y formar familia.

Nos dice que quienes decidían cruzar el océano no sabían si podían regresar algún día. Algunos lo hicieron, muchos otro no.

– Yo pude. Lo hice como cualquier hijo de inmigrantes. No solo pude acceder a una Universidad; también pude cursar un posgrado. No olvides que un nieto de inmigrantes italiano llegó a Papa.  Argentina, en aquel entonces, era un país abierto, una sociedad sin problemas raciales. Se vivía tranquilo. El inmigrante no se sentía extranjero. La educación era absolutamente gratuita. De no ser así, no hubiese podido estudiar. Mi familia era muy pobre. Por suerte, obtuve una beca cuando tenía 20 años. Ya profesional de la medicina, tuve la oportunidad de viajar a Europa con mi mujer, como turista. Europa me atraía. Cuando me di cuenta de que Argentina había entrado en una pendiente de la cual iba a costar mucho recuperarse, decidí emigrar. Estaba casado con 5 hijos. Recuperé la ciudadanía italiana. Pero, en lugar de regresar a Italia, decidí viajar a España. Todo me resultó muy fácil. No sólo por el idioma.

 

Un malagueño más

Montesanto también fue consejero del Comites de Madrid. Señala que “en Italia los políticos, aprobaron una ley que me pareció excepcional: reconocer el exilio…”

– Me pareció un acto de grandeza y de Justicia – precisa -. Lo que no hicieron fue quizás terminar la tarea. Italia me dio algo que vale un tesoro, que hubiera sido imposible obtener de otro país: la nacionalidad. Me abrió las puertas a Europa. Pero, después, se olvidó de mí. Cuando me otorgaron la nacionalidad, nadie preguntó: ¿y ahora que vas a hacer? Quería emigrar con mi familia, nadie preguntó ¿qué piensas hacer? España, al firmar uno de los convenios en tema de títulos de estudio, me abrió las puertas. La ciudad de Málaga, la sociedad malagueña me recibió como si hubiera sido un malagueño más.

– ¿Cómo fue el paso entre medicina y arte? ¿Cómo conciliar las dos actividades aparentemente tas distintas?

– Siempre me gustó – admite -. Mi madre, mi hermana, todos tenían capacidades manuales. Hay muchísimos artistas que no tienen el tiempo o la oportunidad de demostrar lo que saben hacer. Empecé a dibujar desde pequeño, después comencé a tallar madera… Pero, con 5 hijos y en un país como Argentina, no te puedes distraer. Tienes que estar pensando en tu estabilidad económica, en el futuro que siempre es incierto. Al venirme a España, mi mujer y yo trabajamos con esa energía que heredamos de nuestros padres inmigrantes. Lo llevas en la sangre. Sabes que el esfuerzo es lo único que te permite tener una vida digna. Comenzamos a trabajar menos cuando nuestros hijos terminaron sus estudios. Nos compramos una casita. Empecé a entretenerme, a construir cosas rarísimas en cemento. En el primer certamen al que participé, obtuve un premio. Fue un certamen realizado en el ámbito cultural del Corte Inglés. Participé con mucha humildad, con mucha timidez. No le había dado importancia a lo que había hecho. Gané el tercer premio. Me felicitaron. Loa demás artistas me dijeron que había sido muy original. Fue lo que me estimuló a seguir creando.

Al año siguiente, participa de nuevo. Y gana el primer premio. Así fue como empezó. Su nombre comienza a labrarse un lugar en el mundo de las artes. Se torna, sin querer y sin saber, en un punto de referencia, en un escultor apreciado.

– Me dije: “evidentemente, tengo algo que decir…” – comenta -.  Empecé a trabajar menos en el consultorio y hacer más cosas en el aspecto social. Todo sin ningún afán de lucro. No necesitaba más de lo que ya tenía. Tengo para vivir más o menos bien; mis hijos han podido estudiar. ¿Qué más pedir?

Nos dice que es natural que lo primero en lo que se piensa sea en el aspecto comercial. Cuando un artista se presenta en una galería busca vender sus obras. Sin embargo, no es el caso de Montesanto.

– Comencé a inclinarme por hacer obras que dijeran algo, que denunciaran algo – nos dice -. Por ejemplo, empecé a hacer esculturas sobre los fusilados en la guerra. Hice una sobre un grupo de mujeres que habían sido asesinadas de manera brutal. Encontraron una fosa común con sus restos en un pueblo de Málaga. Las iban a enterrar, a llevar a un cementerio. Entonces me ofrecí a hacer un monumento. Fue uno de los primeros que hice. Y seguí por ese camino. Una vez toqué el tema de la inmigración. Fue mi primera escultura con un vacío interior. Tuvo mucha repercusión. Me di cuenta de que estaba expresando mucho más de lo que hubiera hecho con una escultura bella, de mármol o de bronce. Hay infinidad de artistas buenísimos, muchísimo mejores que yo en todo el mundo. No busco competir en belleza, busco enviar mensajes. Ahí, sí puedo competir. Hago monumentos baratísimos, de hormigón. No cuestan nada.  Eso me da una libertad impresionante para expresarme.

– ¿Qué representa el arte para usted? ¿Cómo médico, seguramente en más de una oportunidad habrá estado cerca del dolor, de la tragedia humana…

– En la primera parte de mi carrera, tenía apenas 22 años – nos cuenta -, estuve en la residencia de pediatría. Vi como morían bebés. Eso fue un shock tremendo. Está reflejado en la novela que acabo de escribir. Mi vida ha sido un poco la búsqueda de un camino, la necesidad de mejorar, de asomar la cabeza en forma… intuitiva. No tuve familiares, amigos, parientes, a quienes preguntar. No tuve a nadie que pudiese aconsejarme y orientarme. Iba a ciegas. He estado en la Patagonia, en Europa… de un lado a otro.  Hasta que conocí a mi actual esposa y empecé a construir mi futuro. Ahora, puedo disfrutarlo. La vida me ha dado la suerte de poder tener tiempo para contarlo. La escultura es una especie de historia narrada con hormigón.

Toma su tiempo antes de continuar. Al otro lado de la línea telefónica solo se oye su respiración. Finalmente, luego de un suspiro profundo, prosigue:

– Me preguntabas… el arte. No me considero artista. Todo empezó como un entretenimiento. Sentí la necesidad de crear cosas. No digo que sean lindas… mucho menos que sean buenas… pero, eso sí, son originales. He viajado, he andado por ahí, he visitado un montón de museos. Y sí, te aseguro, son originales.

– ¿Que le ha dejado Argentina y que le dio España?.

– Tengo sangre italiana, sangre legítima – subraya de inmediato -. Soy italiano al 100%. Tengo los afectos, los sentimientos, las reacciones de un calabrés. Argentina me dio la educación, una de las mejores. Pienso como argentino; veo la vida como una argentino. No soy de los que se rinden, de los que dicen no se puede hacer. Como te dije, tengo sangre italiana, cerebro argentino… pero el corazón… ese es español. Yo elegí a España. En Málaga me siento bien – concluye -… tan bien que me considero un malagueño más.

Mauro Bafile