Las dos Norteaméricas

Uno schermo con l'immagine di Joe Biden con l´etichetta "Presidente eletto"
Uno schermo con l'immagine di Joe Biden con l´etichetta "Presidente eletto". EPA/Yuri Gripas / POOL

de Mariza Bafile

Cuando se apagará el gran fuego que ha prendido un proceso electoral insólito, marcado por el miedo a la pandemia y a la violencia de las armas, y las cenizas de dudas y acusaciones dejarán de oscurecer el sol, los ciudadanos norteamericanos deberán confrontarse con una realidad que, nunca como ahora, mostró todas sus contradicciones. Las heridas que dejará una etapa en la cual se perdió todo límite y contención, son profundas y habrá que curarlas. Sin embargo, sería absurdo creer que son solo fruto de un período presidencial o de una elección.

Hay dos Norteaméricas que conviven en un mismo país y bajo una misma bandera. Y ¿cómo podría sorprender esa dualidad en un territorio tan desmesuradamente grande, cuando esas mismas diferencias las vemos reflejadas en naciones mucho más pequeñas como las europeas?

En estos días pudimos leer y escuchar un sinfín de debates y comentarios. Varios analistas cayeron en el grave error de la generalización. Algunos hablaron de un país mayoritariamente ignorante, otros de una sociedad racista, otros más de grandes ciudades demócratas en contraposición con una realidad rural provinciana y conservadora.

Iguales generalizaciones hicieron cuando analizaron el voto “latino”. A veces insultando y a veces exaltando nuestra comunidad.

En todos ellos descubrimos un denominador común: la soberbia de quien cree contar con el poder de la verdad, la incapacidad de ver los muchos matices que presenta una realidad más compleja de los clichés que la empaña y distorsiona.

En los Estados Unidos conviven personas muy diversas y situaciones geográficas, económicas e históricas, extremadamente diferentes.

Es suficiente analizar las características de quien resultó electo en el Congreso, espejo de todas las contradicciones del país. Por un lado, tenemos a Cori Bush, enfermera afroamericana activista del movimiento Black Lives Matter y por otro a Marjorie Taylor Greene, seguidora del sitio web QAnon que, entre otras cosas, compara el Movimiento Black Lives Matter con el Ku Klux Klan. Y mientras en el Congreso de Oklahoma se sentará Mauree Turner, nonbinary, en North Caroline salió electo al Congreso Nacional, Madison Cawthorn, de 25 años, profundamente conservador quien, tras un accidente de tránsito, quedó en silla de rueda.

Igual radiografía podemos hacer dentro de la comunidad hispana. Si bien una mayoría de ella apoyó a Trump en Florida, también hay que subrayar el aumento de latinos pro Biden en ese mismo estado. Y tampoco podemos olvidar el éxito rotundo que, por segunda vez, logró Alexandra Ocasio-Cortéz.

El arduo trabajo no solo del próximo Presidente, sino de toda la clase política, sea del color que sea, debería consistir en un análisis profundo de las diversas realidades del país, entender, desde dentro, las frustraciones y las esperanzas, disminuir la tasa de abandono escolar particularmente alta en algunas zonas, luchar contra la violencia familiar que genera más violencia, sobre todo a través de la educación.

Un trabajo de hormiguita para el cual deberían poner en campo a especialistas y voluntarios que puedan mapear los problemas y proponer soluciones.

Las diferencias de ideas e ideales estimulan la dialéctica y la crítica y así contribuyen al fortalecimiento de las democracias.

Lo que sí puede matarlas son la incapacidad de diálogo y de respeto, las generalizaciones aplanantes, la intolerancia hacia quien, guste o no, tiene derecho a compartir un mismo territorio.