La pandemia infinita se declina al femenino

de Mariza Bafile

Cada año llegamos al 8 de marzo con la esperanza de descubrir cambios positivos en la sociedad, en el mundo del trabajo, en las relaciones entre seres humanos. Y cada año nos enfrentamos con la dureza de los datos y cifras que recogen los estudios de los organismos internacionales. Números que expresan, sin la edulcoración de la palabra, una persistente desigualdad de género.

Al hacer un nuevo balance este 8 de marzo, en particular, presenciamos un deslave en la calidad de vida de las mujeres. De seguir así, nuestro futuro será signado por la pandemia infinita de la injusticia y la desigualdad.

La Covid 19, cual espejo implacable, ha evidenciado y agudizado todos los males que achacan nuestras sociedades. Sin embargo, si la declinamos al femenino, descubriremos que su impacto es peor aún.

Las crisis sanitaria y económica han agravado la pobreza y las asimetrías regionales. En ambos casos las mujeres son quienes están sufriendo más sus consecuencias. El desplome de la economía informal, sector que concentra un número altísimo de mujeres, ha dejado a muchas sin su única fuente de ingreso. Se calcula que en el mundo el 58 por ciento de las mujeres empleadas trabaja en el sector informal y solo durante el primer mes de la pandemia perdieron, en promedio, el 60 por ciento de sus ingresos.

Las industrias más afectadas por el confinamiento, son las de servicio, alimentación, entretenimiento. Es justamente en estos sectores en los cuales, según el último informe de ONU Mujeres, From Insights to Action, trabaja el 40 por ciento de todas las mujeres empleadas en el mundo.

A eso se suma que las mujeres ganan generalmente salarios más bajos, disponen de menos ahorros y, a raíz de los confinamientos, han quedado a cargo de los hijos y de las personas ancianas.

Otro sector que está sufriendo los embates de la crisis actual y que penalizará, sobre todo, a las mujeres es el de la agricultura, área en la cual se concentra un tercio del empleo femenino. A pesar de su contribución esencial en los procesos alimenticios ellas tienen un menor acceso a la propiedad de las tierras, a la adquisición de insumos, a la financiación y a las tecnologías agrícolas. Al ser también las que más sufren por el cambio climático, muchas están involucradas activamente en la lucha para la defensa del ambiente, con todos los riesgos que eso conlleva. En estos días se celebra el quinto aniversario de la muerte de Berta Cáceres, una de las más importantes defensoras de la tierra y las reservas naturales de Honduras, quien fue asesinada bárbaramente a pesar de la visibilidad internacional que le había dado el Premio Goldman, considerado el Nobel de los activistas que defienden el medio ambiente.

La pobreza, que en su globalidad, estaba disminuyendo, en 2020 y 2021 ha vuelto a crecer. Se prevé que la pandemia dejará a 96 millones de personas en situación de pobreza extrema, en el transcurso de este año. De ellas 47 millones serán mujeres y niñas. Eso significa que por cada 100 hombres de 25 a 34 años de edad que viven en situación de pobreza extrema (es decir con 1,90 dólares o menos por día) hay 118 mujeres.

La carencia de lo mínimo vital para ellas significará también una mayor vulnerabilidad y el alejamiento de la educación. Según datos de la Unesco 11 millones de niñas podrían quedar excluidas de las escuelas de forma permanente. Las repercusiones en sus vidas serán desastrosas ya que, sin estudios tendrán menos acceso a trabajos bien remunerados y serán más vulnerables a la violencia familiar incluyendo los matrimonios precoces. Es un efecto dominó destinado a destruir toda esperanza de mejoría y emancipación en un amplísimo sector de la sociedad.

La Covid 19 puso en evidencia otra disparidad que penaliza a las mujeres. A pesar del aporte significativo de personal femenino en el sector sanitario, (a nivel mundial son el 70 por ciento), entre enfermeras, médicas y científicas, las mujeres son muy discriminadas a nivel salarial. En el 28 por ciento de los casos la diferencia salarial en el área de la salud es superior a la que se vive en general en el mundo del trabajo.

A las muchas injusticias que penalizan a las mujeres, se agregan la violencia y en particular la violencia doméstica. El confinamiento, la pérdida de trabajo, la convivencia obligada en espacios reducidos, son algunas de las causas de un empeoramiento de maltratos y violaciones. En estos últimos meses en todo el mundo se han multiplicado las denuncias y las peticiones de ayuda por parte de mujeres víctimas de violencia y ha crecido el número de los feminicidios.

La pandemia de Covid antes o después desaparecerá. La pandemia del machismo, la desigualdad de género, la violencia doméstica, seguirá hasta tanto las mujeres no seamos capaces de unirnos y luchar por una mayor representación femenina en todos los cargos de poder. Actualmente, según estudios de las Naciones Unidas, solamente tres países tienen un 50 por ciento o más de mujeres en sus parlamentos y en 119 países nunca una mujer ha llegado a ser Jefa de Estado o de Gobierno. Los datos de la ONU indican que, si seguimos así, no podremos aspirar a tener paridad de género en los parlamentos antes del 2063, en los cargos ministeriales antes de 2077 y en los cargos de poder más alto antes de 2150.

Para que ese panorama cambie hay que seguir luchando, hay que apoyar a las mujeres quienes en cada uno de nuestros países aspiran a cargos de poder. Hay que alejarse de los estereotipos que nos quieren dividir y reforzar la solidaridad y colaboración femenina. La historia de la emancipación femenina es el ejemplo de lo que las mujeres han alcanzado cada vez que se han unido. Muchos, muchísimos de los logros de los cuales gozamos hoy, a pesar de lo que todavía falta, se deben al trabajo común realizado por los colectivos feministas, a las luchas de todas aquellas mujeres quienes pelearon duramente para obtener espacios que eran prerrogativa exclusiva de los hombres y para superar esquemas sexistas que encasillaban a la mujer en el binomio santa-puta.

Al igual que ayer, también ahora es importante involucrar en nuestras luchas a la sociedad entera, sin distinción, porque las injusticias que nos penalizan disminuyen la calidad de vida de todos. Sobre todo, hay que luchar para cambiar el sistema de educación, en las escuelas, pero también en el hogar.

Enseñar a los niños de hoy el respeto hacia el otro, sea cual sea su sexo, así como la importancia de la igualdad y de la colaboración, nos permitirá llegar a los próximos 8 de marzo con una visión más optimista del mundo. Para todos, no solamente para las mujeres.