Franco Giambanco el Pescadero: “Amo este país”

CARACAS – Con la idea inicial de permanecer sólo 5 años en Venezuela, el 12 de junio de 1971 arribó a La Guaira, en el buque Giuseppe Verdi, Francesco Giambanco con apenas 28 años, para iniciar junto con su hermano un nuevo proyecto, el cual después de 50 años, le sigue apasionado y mantiene como negocio familiar junto con sus hijos Vito y Vicente.

La historia de este inmigrante de ojos azules y voz suave, refleja mucha satisfacción por la vida “vivida” y disfrutada, lo que manifiesta en cada palabra y gesto, al trasmitir una gran satisfacción y complacencia por lo alcanzado desde que llegó a Venezuela, país que lo acogió y de donde no piensa irse.

Relató a la Voce d´Italia, que su hermano arribó primero a la tierra americana y lo invitaba siempre a que se viniera porque “todo era muy bonito”, sin embargo, Franco residía en Suiza con su esposa y su hija Fina de 3 años y Vito con 13 meses, lo que significaba un riesgo dejar  esa maravillosa nación por trasladarse a Suramérica, donde de forma jocosa afirmaban que la gente “todavía tenía palmas en la cabeza”.

Finalmente fue su madre quien visitó Venezuela y lo convenció para mudarse, de manera que a los tres meses de llegado formó una sociedad con su hermano y empezó en la Pescadería Paterdama, el mismo lugar que hoy mantiene.

“Con mi hermano montamos la pescadería en la avenida Victoria y otra en la esquina de Paradero en la Candelaria, yo me encargué de la primera y mi hermano de la segunda que se llamaba Marina Grande. Cada uno en su negocio y apenas a los tres años, fue que busqué el primer obrero para que me ayudar en el local que para ese momento era más pequeño”.

Comentó que en principio el establecimiento era arrendado. No podía comprarlo porque no era venezolano, por lo que en 1979 tuvo que nacionalizarse para finalmente ser dueño de su propia tienda.

“Los mejores de Caracas”

“Cuando empezamos además de pescadería era una venta de enlatados, envasados, licores y productos importados, pero era más lo que robaban que lo que vendíamos, de manera que decidimos salir de todo y dedicarnos únicamente a la venta de pescado fresco, que aunque es un negocio bastante fatigoso, deja ganancias”.

Giambanco explicó que en principio su hermano era quien atendía a la clientela, pero luego él se encargó de recibirlos porque tenía mejores modales aprendidos en Suiza, cuya amabilidad, cautivó a los clientes y se hizo fama de ser una de las mejores pescaderías de Caracas, donde se conseguía de todo a precios bastantes buenos y competitivos.

Con los años siguieron creciendo en fama y clientes y cuando los hijos se integraron a trabajar en la empresa familiar, decidieron ampliar el espacio con otro local contiguo, porque con 7 trabajadores y una gran cava congeladora de almacenaje, ya no cabían.

Hoy Paterdama tiene sus propios camiones cavas para la compra y traslado de la mercancía que adquieren directamente en Puerto la Cruz y Cumaná (Anzoátegui), así como socios que le suministran mercancía fresca cada día, porque se han convertido en distribuidores de otros negocios más pequeños, restaurantes, empresas, hoteles, etc.

Pescadería ambulante

Con la incursión en un proyecto que inició este año bajo la visión de uno de sus hijos, confesó orgulloso don Franco, que tienen hoy un camión pescadería tipo italiano, que consiste en una pescadería completa que se traslada sobre ruedas por distintos puntos de la ciudad.

Explicó que es un nuevo concepto de pescadería ambulante bien identificada, con sus neveras y sistemas de refrigeración, que garantiza y acerca la venta de productos frescos a los clientes, que hasta ahora ha funcionado bien y es una incitativa interesante y novedosa.

Tras reconocer que el negocio de pescado es complicado y delicado debido a las refrigeración de la mercancías, aseguró que han adquirido buenas tecnologías en equipos, cavas y plantas, y comentó entre risas con la dulzura que lo caracteriza, que “a los negocios como a las mujeres, hay que hacerles un cariñito, para que esten siempre felices”.

Además, agregó, el público quiere ver esos cambios y cosas buenas, para que el negocio se vea bonito.

“Se estudia o se trabaja”

“Enseñé a mis hijos que en casa o se estudia o se trabaja”, así que luego de intentos de uno de ellos de estudiar afuera y otro de emigrar para empezar de cero, decidieron ambos, que en Venezuela está la familia, el negocio que les permitió crecer y formarse y que este país brinda grades oportunidades, además de ser hermosa su tierra y su gente, relató.

Fue así como primero Vito y luego Vicente, los dos hijos varones de Francesco comenzaron a trabajar como empleados, hasta que un día decidió que a partir de ese momento, cada bolívar sería repartido entre los tres, pues sus hijos serían socios y compartirán las ganancias, pero también las responsabilidades.

“Cada uno de ellos se encarga de su área, para vender por ejemplo en la calle con el camión está Vicente, quien se inclina hacia todo tipo de actividades, mientras que Vito prefiere estar en la pescadería”, afirmó.

Este emprendedor quien se siente feliz de vivir en Venezuela e insiste que el clima y ambiente caraqueño son únicos, reveló que incursionan en otras áreas comerciales, siempre en sociedad con sus hijos, y ahora desarrollan una farmacia próxima a abrir también en la zona de las Acacias, muy cerca de la pescadería y la tintorería, ésta última que tiene bajo la sociedad con su esposa, Meira López de Giambanco.

Destacó que ahora son tres familias que dependen del negocio, por lo que deben diversificarse más allá de la pescadería y buscar la manera de crecer como empresarios.

Italia nel cuore

Ciccio, como le decía su padre y lo llaman en su casa, quien nació en Carini provincia de Palermo, Sicilia, aún mantiene sus vínculos con su patria y la lleva siempre en el corazón. Dijo que allá está la única hermana que sobrevive y su hija, a quienes suele visitar todos los años, pero debido a la pandemia, ha preferido no moverse de Caracas este año, “ni siquiera a la playa a tomar un baño de sol”.

“A mí me atrapó Venezuela porque tiene el clima más bellos del mundo y la gente es más abierta que en Europa o Norteamérica, por lo que no cambiaría nunca lo que hice y el rumbo que di a mi vida”.

Indicó que siempre han mantenido en casa las tradiciones italianas, tanto en la mesa como en las costumbres, sin embargo, enviudó hace algunos años y volvió a casarse con una venezolana, nacida en Colombia, lo que trajo cambios en casa, sobre todo en el menú; sin embargo, se balancean entre la comida criolla y la italiana porque como el mismo asegura, le gusta de todo porque es “buona forchetta”.

“Para mí lo mejor es un buen plato de spaghetti y me gusta mucho el pescado y la carne. Como todo tipo de pescado porque me crie en el mar, me encanta un buen pez espada, un bacalao pero lo mejor es el coro coro frito”.

Reconoció que no sabe cocinar, pero sí comer, porque nunca tuvo necesidad de aprender hacerlo, pues la vida lo ha premiado con dos buenas esposas y excelentes cocineras en su casa y entorno, desde joven cuando vivía en Suiza.

El señor Francesco siempre amable con los clientes y vecinos que lo saludan cada mañana, a quienes valora como uno de sus tesoros más preciados junto a su familia, afirmó que su trabajo actual es más de supervisión de los negocios, de opinar y sugerir, pues realmente son sus hijos que manejan ahora las empresas de la familia y toman las grandes decisiones, muy acertadas considerando la situación del país, como por ejemplo la reciente pescadería ambulante.

“Nací trabajando”

Este inmigrante de 79 años, siempre activo y de jovial espíritu, a quien le gusta en sus tiempos libres escuchar música, leer y ver una buena película, confiesa que su secreto para estar bien y mantenerse sano, es levantarse temprano a trabajar y compartir con sus seres queridos una vida común y corriente pero feliz.

“La vida es sencilla y amo este país porque tengo mi familia y casa aquí y no quiero nunca irme, aunque mi corazón sigue en Italia y no hay día en que no piense en el pueblo donde nací”.

“Recuerdo mi infancia, aunque realmente nunca la tuve porque después de la guerra Sicilia estaba mal y con lo poquito que tenía era feliz. Jugaba con un palo y una piedra y así disfrutaba mi niñez. Luego me fui a Suiza (Zurich) a trabajar”, indicó con cierta nostalgia.

“Yo nací trabajando, después de la guerra, cualquier cosa tenía que hacer para comer. Trabajaba en el campo con mi padre desde muy joven, porque poseíamos un terreno y eso nos ayudo a nunca pasar hambre, y aunque no vivimos con lujos ni muchas comodidades y estuvimos privados de muchas cosas, nunca pasamos hambre”, afirmó con orgullo.

Al estar satisfecho con sus logros y llevar una vida sencilla y tranquila, reiteró sentirse pleno y feliz con su familia y trabajo, así como disfrutar una tarde de domingo, compartiendo y comiendo con la compañía de sus hijos y nietos en el jardín de su fresca casa de Las Acacias.

Letizia Buttarello / Redacción Caracas