De la desinformación a la incomunicación

Pubblicato il 28 dicembre 2016 da Víctor Manuel Álvarez Riccio

El economista alemán Max Otte desarrolla en su libro El crash de la información Los mecanismos de la desinformación cotidiana (2009) la noción de que vivimos en la sociedad de la desinformación a pesar de la abundancia cada vez mayor de mensajes que producimos y difundimos en medios y redes sociales.

El lector no encuentra una definición teórica de desinformación en el libro de Otte, al menos no a la manera de un diccionario. En lugar de eso, el texto describe a lo largo de más de 300 páginas las diversas tácticas de desinformación que usan los grupos de interés para manipular a las sociedades.

Otte plantea que los empresarios, los partidos políticos y, en general, los grupos de poder usan alguna de las siguientes tácticas para conseguir efectos deseados: mentir, dar información insuficiente, distraer y emocionar. Estas técnicas son representadas con ejemplos prácticos explorados a continuación.

A juicio del economista, las actividades del sector bancario a nivel mundial muestran cómo vivimos en una cultura de la desinformación. “Innumerables productos financieros de naturaleza muy compleja y opaca, declaraciones confusas y muy a menudo contradictorias de los expertos, y un diluvio inacabable de datos financieros habían hurtado a los inversores la base informativa necesaria” (pág. 19).

El autor reseñó que, previo a la crisis económica global de 2008 (la cual llevó a la quiebra de Lehman Brothers), muchos bancos vendieron títulos de crédito con nombres rimbombantes (“Fondo Garantizado”, “Twin-Win”, “Reverse Outperformance Protect”, “Airbag”, etcétera), con un “mismo (y único) propósito: inducir a los inversores privados, mediante desinformación deliberada, a apostar su dinero al azar” (pág. 84). Resume Otte que, durante la primera mitad de la década del 2000, bancos en Estados Unidos y Europa ofrecieron en las bolsas de valores títulos de hipotecas riesgosos y los presentaron como seguros a través de etiquetas opacas, calificaciones interesadas de compañías contratadas por los propios bancos, y ocultamiento de información porque “a quien nada entiende y nada puede comprobar, no le queda más que la confianza ciega, que se puede explotar con excelentes resultados” (pág. 85).

Dos ejemplos más de mentiras presentados en el libro son los siguientes: una empresa alemana ofrece un yogur y vincula el producto con una vida sana por medio de la publicidad, pero en realidad se trata de una golosina líquida por la cantidad de azúcar que lleva; por otra parte, se descubrió que la empresa de ferrocarriles alemana Deutsche Bahn invirtió 1.3 millones de euros en relaciones públicas ocultas, pagando a personas para que interviniesen en foros digitales y redes sociales simulando ser usuarios que opinaban favorablemente del servicio.

Si mentir o dar información insuficiente sobre un producto resulta en desinformación, ofrecer demasiada también confunde, y esta es una táctica que, según el economista, es usada con frecuencia. “Teóricamente el consumidor se puede informar, pero se le viene encima tal cantidad de información ‘superflua’ que, aparte de la desinformación, no le queda apenas nada” (pág. 105).

De acuerdo con el analista, la industria alimenticia es experta en informar sin informar. Dentro de los catálogos de comida, llenos de anuncios coloridos, fotografías vistosas y frases que inducen al consumo, la información objetiva pasa inadvertida. Otte mencionó un estudio realizado en 2009 a 75 tipos de golosinas por parte de la Oficina Central del Consumidor de Renania del Norte-Westfalia, que reveló que dos terceras partes de los productos ofrecían la información nutricional con “artimañas obnubilantes” (pág. 106): letras tan pequeñas que son imposibles de leer, escaso contraste entre texto y fondo, tabla de ingredientes oculta dentro del envoltorio, uso de diferentes lenguas.

Finalmente, Otte explica la manipulación emocional de la razón económica. “Las decisiones de compra y aún más las financieras deberían tomarse con la cabeza (…); pero en las cuestiones de dinero siempre hay en juego fuertes emociones, y las emociones son malas consejeras” (pág.206). El profesor reflexiona sobre cómo muchas empresas convierten los procesos de compra en “experiencias”, escenificando situaciones emotivas para el comprador, para evitar que razone sobre las ventajas y desventajas del producto, y actúe por intuición o impulso. Critica, por otro lado, fuertemente el periodismo económico que en lugar de representar los complejos procesos económicos con moderación, cautela y diversidad de opiniones, opta por titulares dramáticos o increíblemente optimistas: mientras más emocionante sea la desinformación, mejor.

“En general se puede constatar que los medios casi siempre se comportan de forma cíclica, recogiendo simplemente la opinión predominante y amplificándola. Si la economía va bien, en los medios se habla de ‘grandes oportunidades’ de crecimiento. Pero si a los mercados les va mal, se extiende por el contrario el pesimismo y parece que se vaya a acabar el mundo” (pág. 216).

Problematizar la visión de la verdad

Si hablamos de desinformar como mentir, obnubilar con información excesiva, o distraer de la información importante, podemos entender que detrás de este trabajo el autor maneja un concepto ético de verdad. Se interpreta que para él las comunicaciones deben representar con precisión lo que ocurre en una parte de la realidad pero también deben estar enfocadas al bien común para evitar las perversiones antes descritas. Otte rechaza el paradigma neoliberal de que si todas las personas actúan según sus propios intereses eventualmente se establecerá un sano equilibrio entre ofertantes de productos y consumidores; considera que esto es falso porque si todos deciden según sus intereses nada impide a las empresas engañar o embaucar para obtener ganancias.

Para ampliar la noción de verdad desarrollada por Otte, se acude al filósofo venezolano Massimo Desiato (2004) quien explicó que, comúnmente, se suele teorizar con un concepto de verdad sencillo: lo que se representa simbólicamente tiene extensión en lo empírico. Una muestra casera es la siguiente: una madre dice a su hijo, quien está encerrado en su habitación, que la comida está servida; el joven solo debe aproximarse a la mesa y comprobar con sus sentidos que, en efecto, es así, y por lo tanto la afirmación de la madre es verdadera, ¡fue validada empíricamente! Esta forma de verdad sirve para entender mejor el trabajo de Otte, porque su enfoque es económico y las comunicaciones giran en torno a objetos (productos). Si el mensaje económico tiene extensión en lo empírico, contiene toda la información importante y es fácil de entender (existe la cantidad de producto representada, con las cualidades y condiciones indicadas), entonces, estaría dentro de los parámetros éticos mínimos que exige Otte.

¿Qué ocurre, sin embargo, cuando los discursos no giran alrededor de objetos sino de procesos sociales? Se habla de un golpe de estado, una marcha política, el ascenso o la caída de un partido, una obra de teatro, la vida de un artista, relatos históricos, una huelga general, etcétera. En todos los casos anteriores no hay objetos sino relaciones entre individuos y, por lo tanto, diferentes visiones de esas relaciones. ¿Cuál de todas las posibles visiones tiene la verdad? En sociedades fragmentadas, polarizadas o en conflicto, ¿cuál relato representa con fiel exactitud lo que ocurre? Desiato advierte que no se puede decir “la Verdad” completa de los procesos sino esclarecer diversas verdades escogiendo cómo representarlos, a quiénes incluir en el relato, qué palabras usar, qué imágenes añadir, en qué orden colocar los testimonios.

Es posible encontrar que un periodista representa de una forma los procesos, y que otros periodistas lo hacen diferente, ¡y al final las audiencias pueden leer o imaginar las cosas según sus propios conocimientos! Se concluye que, cuando se trata de la complejidad social, la noción de verdad no puede ser la misma que se usa cuando se dice que un florero está sobre la mesa y todos podemos comprobarlo; aquí, en cambio, se trata de retórica, relatos construidos desde el punto de vista del cronista, y limitados también por esa perspectiva.

Desiato busca solucionar esta dificultad para los periodistas con dos consejos: incluir la mayor cantidad de visiones diferentes posibles en el relato y hacer explícitos los fundamentos de los argumentos de cada uno de los testigos u opinantes. ¿Por qué piensa de esa forma el entrevistado? ¿Con qué base formula sus proposiciones? Al final, idealmente, las audiencias valorarían el mejor argumento, el que tuviera fundamentos más sólidos, y el periodista habría permitido que las diversas visiones que se manejan en la sociedad se contrastasen.

De la desinformación a la incomunicación

Si se toma la recomendación que Desiato hace a los periodistas de colocar en sus relatos las distintas visiones de los actores sociales (mientras más, mejor), cabe preguntar ¿qué pasa cuando las interpretaciones son extremadamente opuestas y conflictivas? ¿Qué hacer si distintos relatos luchan por la supremacía y presentan argumentos interesantes? Podemos ilustrar este problema con casos de verdades normativas, religiosas, y los discursos de identidades.

En un país islámico la norma “todas las mujeres deben usar burka” puede ser una verdad social, mientras que “ninguna mujer está obligada a vestirse con burka si no lo desea” sería una verdad social en occidente. En las dos culturas hay argumentos tradicionales, teológicos, históricos, políticos y hasta filosóficos para sostener las proposiciones sin que aparentemente haya posible reconciliación.

¡Otra situación! En una comunidad cristiana, expresar que el 24 de diciembre recordamos el nacimiento de Dios encarnado en un niño humilde en Belén puede ser una verdad mientras que en una familia con tradición agnóstica el relato bíblico sea visto como inverosímil.

A todas las posibles fundamentaciones de estas verdades es viable oponer otras basadas en creencias diferentes. Son verdades que no hablan de objetos sino de formas de ser en comunidad, verdades que orientan el comportamiento y que no piden ser confirmadas científicamente, solo aceptadas o rechazadas.

En muchos países se usan expresiones para representar la “verdadera identidad del pueblo”. ¿Has escuchado decir que el pueblo se opone a la burguesía explotadora? ¿Que el pueblo defiende su cultura ante el tsunami de la globalización? ¿O que el pueblo, por el contrario, está abierto a todas las culturas y acepta felizmente la globalización? ¿Has leído a algún político hablar de la identidad democrática del pueblo, a pesar de que en las urnas la participación sea baja o que la mayoría vote por el candidato más conservador y excluyente? Estas son “verdades” que la sociedad maneja sobre sí misma, discursos con los que se identifica, sin la necesidad de representar a todos los individuos, todos sus comportamientos y opiniones. Estas interpretaciones son vividas o rechazadas por los sujetos según sus marcos interpretativos particulares.

Se propone aquí el concepto de incomunicación para ampliar el de desinformación ofrecido por Otte. Cuando un gobernante dice que un grupo de personas representa al pueblo (los pobres, los de cierta raza, los de una religión) y que otro grupo no es pueblo, ¿está desinformando en el sentido de que dice algo que se puede probar falso objetivamente? Se entiende que no porque su discurso no miente sino que clasifica, valora, y propone una “verdad” excluyente, persuade a sus seguidores de vivir según ese discurso que los separa de otros (es posible encontrar ejemplos de esto en la política mundial hoy en día).

Para conceptualizar la incomunicación, es necesario tener una idea de la comunicación. El filósofo venezolano Antonio Pasquali (Karam, 2014, pág. 36-37) propone que la comunicación es un modo de relación entre personas distintas que se colocan en igualdad de condiciones para concertar acciones de común acuerdo; el pensador diferencia la comunicación de la información porque la segunda connota un mensaje-causa de un agente-emisor que busca generar en un paciente un efecto. Cuando se habla de comunicación no hay respuestas programadas, las acciones son recíprocas y las partes están abiertas a dialogar sus posiciones y verdades con el otro para encontrar un sentido de comunidad, para concertar libremente.

Es posible considerar que incomunicar es la acción de emitir mensajes buscando generar un efecto en el otro sin permitir que el otro participe y proponga un sentido de relación; esto es, por lo tanto, un tipo de relación simbólica unidireccional que separa, que excluye, que levanta muros y propicia el desencuentro entre las personas.
¿Cómo se vinculan la desinformación y la incomunicación? Una forma de incomunicar es desinformar (mentir, engañar) porque no puede existir sentido de comunidad entre un engañado y un cínico; sin embargo, no toda la incomunicación se realiza a través de las tácticas de la desinformación: algunos incomunican diciendo “verdades” excluyentes que no toman en consideración al otro, que no aceptan la pluralidad social.

Ética en construcción

Se puede apreciar que la ética de un periodista o un reportero no es, después de todo, solo decir la verdad y nada más que la verdad, porque cuando queda perplejo y confuso ante diferentes verdades que están en conflictos de gran intensidad su labor no es solo esa.

El periodista es el mediador ideal para poner en diálogo pacífico las distintas “verdades”, aquellas que no son comprobables sino vividas, que son éticas, normativas, valorativas, para que puedan resolver sin violencia sus problemas comunes.

Por supuesto, se mantiene también la labor clásica: representar con la mayor precisión y riqueza de contenido posible aquello que ocurre empíricamente, pero quizá, en un mundo tan complejo, atravesado por interpretaciones tan plurales, esto no sea suficiente.

Víctor Manuel Álvarez Riccio
Periodista CNP N° 22.781
Estudiante de la Maestría de Comunicación Social para el Desarrollo
Prof. de Sociología de la Comunicación y Semiótica


Fuentes consultadas
Otte, M. (2010). El crash de la información Los mecanismos de la desinformación cotidiana. Editorial Ariel. Barcelona, España.
Desiato, M. (2004). Una ética para la retórica: La “Nueva Ilustración” y los medios de comunicación. Logói N°7 Revista de Temas Filosóficos. Caracas, Venezuela.
Karam, T. (2014). Para seguir celebrando: Constantes y variantes en el pensamiento de Antonio Pasquali. En M. Bisbal, & A. Cañizález, Comunicación y Democracia Travesía intelectual de Antonio Pasquali (pág. 36).UCAB. Caracas, Venezuela.

victormanuelalvarezriccio
Víctor Manuel Álvarez Riccio

Lic. Comunicación Social Mención Periodismo, UCAB, 2011; Locutor Certificado, UCV, 2012; Maestría en Comunicación para el Desarrollo Social, UCAB, 2015-En Curso.




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