Del amor nadie huye

Del amor nadie huye
Del amor nadie huye

 

Había una vez un delincuente que se había escapado de varias cárceles de Brasil. Para ponerlo a prueba, un juez lo mandó a uno de los centros de reclusión de la APAC, y esto también serviría para medir la efectividad de esta Asociación que llevan adelante unos amigos en todo Brasil y también otros países). Por primera vez lo llamaron por su nombre, no hubo uniforme, ni guardias, ni armas, por lo que pudo escaparse si quería. Para hacer el cuento corto, al final esta persona no solo no se escapó, sino que cuando el juez fue a visitarlo le respondió que no se había ido porque “del amor nadie huye”.

Esa misma frase es la que se encuentra en el patio de la cárcel de Padua, donde están varios amigos míos (encarcelados y no) trabajando con la Cooperativa Social Giotto, y la que, en el mes de agosto, visité junto a mis amigos Ana Cristina Vargas, Sumito Estévez y Carlos Franceschi de Venezuela, Horacio Morel de Argentina y Victor Vorrat de México. La verdad es que esta frase resume muy bien lo que se experimenta allí, y es la conciencia que quisiera tener todos los días de mi vida: cuando descubres ese amor, esa preferencia de otro hacía a ti manifestada en misericordia, compasión y oportunidades de redención, simplemente porque existes, la verdad es que no quieres escapar jamás.

Estos amigos de la cárcel de Padua hacen uno de los mejores panettones de Italia, y además a través de múltiples oficios como ensamblaje de maletas, la pastelería, varios call center, etc. permiten a personas que tienen condenas largas o cadena perpetua de poder renacer y descubrir, a través del trabajo, que lo que los define no es el mal que han cometido sino que existe una esperanza aún dentro de una cárcel.

Esto suena muy bonito y hasta irreal para quien simplemente lo lee, pero cambia completamente cuando conoces a Nicola, Roberto, Franco, Domenico y tantos otros con los cuales puedo decir que vivo una amistad que supera el océano y los muchos barrotes y muros de la cárcel. Solo haciendo experiencia podemos llegar a tener certezas como éstas. Solo arriesgando a vivir el encuentro en una relación, venciendo los muros que muchas veces nos construyen otros o construimos nosotros mismos, podemos también abrazar el presente y mirar hacia el futuro con esperanza.

La compleja realidad de Venezuela nos hace caer en una rutina de sobrevivencia donde lo que abunda son las dudas, la falta de certezas y desconfianza de todo y todos. A veces sentimos que nuestro país, nuestras ciudades y casas son como cárceles, y viviendo en una ciudad como Caracas no estoy exento de los sufrimientos y sacrificios que tenemos que pasar a diario; sin embargo, mi relación con los amigos de la cárcel me ayuda a entender que por más compleja que sea la realidad siempre existe una positividad última que puede vencer las tinieblas.

Podemos lamentarnos hasta el cansancio o partir del hecho que la realidad es positiva y que esconde siempre una oportunidad para nuestra redención, porque al igual que nosotros está hecha por Dios para un designio bueno. Nuestros amigos de la Cooperativa Giotto nos ayudan a ver que la cultura del encuentro, el iniciar procesos y trabajar juntos por el bien común se pueden vivir incluso dentro de una cárcel, por eso no dejemos que las circunstancias nos definan y se conviertan en barrotes. Más bien conectémonos con la oración y el trabajo para descubrir la tarea que se nos pide a cada uno para construir, ladrillo a ladrillo, un país donde podamos afirmar también que “del amor nadie huye”.

Alejandro Marius

www.trabajoypersona.org
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