La frágil y anhelada libertad

Myanmar.
Myanmar. (Foto Epa/Maung Lonlan)

de Mariza Bafile

Dos eventos de extrema gravedad han sacudido el mundo, en estos últimos días, mostrando, una vez más, cuán difícil es el camino hacia la libertad y la democracia.

En Myanmar (antigua Birmania) los militares con un golpe de estado suspendieron el proceso parlamentario durante el cual los congresistas iban a ratificar la reciente victoria electoral del partido LND (Liga Nacional de la Democracia) liderado por la Dama Aung San Suu Kyi. Tras ganar las primeras elecciones libres en 2015 Suu Kyi y el LND iban a comenzar un segundo mandato. Demasiado para los militares quienes, a pesar de sus muchos privilegios, mal toleraban la gran popularidad de la Dama y temían la implementación de leyes que pudieran interferir en sus múltiples negocios, en particular los relacionados con el narcotráfico.

Desde el primer gobierno, a pesar de no poder ocupar el cargo de Presidente por haber tenido hijos en el exterior, Suu Kyi ha sido la líder incuestionable de una nación que se abría poco a poco a una democracia, muy limitada, pero democracia al fin.

De nada le sirvió plegarse a muchas de las pretensiones de los militares quienes mantienen de facto el 25 por ciento de los escaños del Parlamento y tres ministerios clave: Defensa, Asuntos Internos y Asuntos Fronterizos. De nada le sirvió mantener   un silencio, lamentablemente criminal, frente al genocidio de la minoría musulmana de los Rohingya, perpetrado por esos mismos militares en colaboración con grupos paramilitares. La delicada situación interna, probablemente la conciencia de la fragilidad de la democracia frente al poder de las Fuerzas Armadas, la llevaron a tomar una decisión sumamente criticada a nivel internacional, que le valió un juicio por genocidio en la Corte Internacional de Justicia y el distanciamiento de esos mismos activistas quienes la habían apoyado por años.

El segundo hecho, mucho más previsible del primero, pero no por eso menos terrible se ha desarrollado en Moscú. El gobierno de Putin ha encarcelado al líder de la oposición Aléxei Navalni, en el mismo momento en el cual desembarcó en el país. Tras un envenenamiento que lo mantuvo, durante semanas, entre la vida y la muerte en un hospital alemán el activista ruso decidió volver a Rusia, a sabiendas que le esperaba una celda. Lo hizo para que no perdieran la esperanza sus seguidores, esos millones de rusos quienes anhelan y sueñan un gobierno democrático sin Putin.

Miles de personas salieron a protestar en su apoyo. Las manifestaciones, brutalmente sofocadas, terminaron con más de cinco mil personas presas. Navalni fue condenado a dos años y medio en una colonia penal y a quedar apartado de la política.

La historia se repite. Cuanto más grande es el miedo a perder el poder, más dura es la represión hacia los opositores. Aléxei Navalni mostró no temerle a Putin a quien acusó de corrupción con pruebas irrefutables gracias a las imágenes que filmó el activista ambiental Dmitri Shevchenko quien logró entrar en la mansión del líder ruso en un área del Mar Negro. Schevchenko fue encarcelado, pero sus grabaciones llegaron a manos de Navalni quien las ensambló en un video de 113 minutos que publicó en YouTube y que alcanzó más de 100millones de visualizaciones.

La rica fastuosidad que rodea a Putin, en contraste estridente con la miseria que golpea a sectores importantes de la sociedad rusa, ha ampliado el descontento de una población que enfrenta una grave crisis económica.

Estos dos episodios tan dolorosos y graves no representan una excepción. Los sufren otras sociedades oprimidas por regímenes autoritarios y dictatoriales. Varias de ellas en América Latina y el Caribe, donde miles de personas luchan y mueren por un anhelo de libertad y democracia.

En el mientras, en los países en los cuales se goza de libertad y democracia, imperfectas quizás, pero reales, hay grupos de odio que juegan a imaginar el regreso a la violencia y la intolerancia. Son personas que, en su gran mayoría, no conocieron ni las guerras ni los campos de concentración, que no pueden imaginar lo que significa vivir bajo un régimen que no tolera crítica alguna.

Hay bienes que damos por descontados y que valoramos solo cuando los perdemos.

En Myanmar los militares realizaron el golpe tras gritar al fraude en unas elecciones en las cuales la victoria de Aung San Suu Kyi fue tan abrumadora que la palabra fraude sonaba ridícula. Se adueñaron del poder con la fuerza.

La democracia de Estados Unidos logró evitarlo y también Europa ha podido, en su mayoría, contener los movimientos más violentos y antidemocráticos.

Sin embargo, no hay que bajar la guardia. Democracia y libertad son bienes que es mucho más fácil perder que recuperar.